Sobre la Desdicha

Ante la insatisfacción constante en la que nos movemos es indispensable tener presente lo siguiente: Toda ofuscación, enojo, reproche, ira, resentimiento, rencor, envidia, celos y abatimiento que se prolongue en nosotros durante un tiempo, genera erosión emocional y celular. Hemos creído que nos autoafirmamos peleando y confrontamos queriendo tener razón en la suposición de que eso nos hará sentir más seguros, más fuertes y más sanos. Y eso es falso.

La salud, la alegría, el entusiasmo y la armonía, se expresan en una personalidad en equilibrio y con buena relación con los demás y con su entorno. Nos acostumbramos a vivir en los extremos y pasamos de la euforia a la depresión, de la autoimportancia a la desvalorización, de la culpa al autocastigo y no somos conscientes del gasto energético que derrochamos en ese desgarrante sube y baja. Cuando no estamos en esa frecuencia, nos sentimos aburridos, poco motivados, carentes de interés. No imaginamos, ni por un instante, que es lo mismo que tomar pequeñas dosis de cianuro en forma frecuente. Nuestro organismo no se ha repuesto aún cuando es nuevamente exigido a responder a un nuevo riesgo (o a una gran excitación), y todo ese furor anímico nos empuja a vivir en constante stress. La respuesta de nuestro cuerpo a la situación de peligro se hace mediante un
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mecanismo maravilloso que permite prepararse para aceptar el impacto y sobrevivir para volver a un estado armónico. Para ello pone a todo el sistema defensivo en alerta y nos permite adaptarnos a la nueva situación. Como un elástico flexible, se estira para hacerse cargo de la exigencia y luego se contrae amorosamente para traernos de regreso. Es la señal de alarma y el mecanismo adecuado de respuesta. Ahora, cuando este sistema (elástico) tiene que repetir esta conducta en forma constante, termina perdiendo su elásticidad y capacidad de adaptación hasta su total deterioro. Este es el resultado orgánico, funcional y/o emocional que logramos, al vivir en los excesos, por pasar de un extremo a otro, por confiar que esa capacidad va a estar siempre y seguirá rescatándonos de la misma manera.
No es así.
El mecanismo que regula el proceso defensivo se desgasta, sufre stress (distress) y agoniza; muchas veces nos lleva puestos.
Revertir esta modalidad adictiva del mundo de hoy, no es fácil, pero sí posible. Es urgente estar atentos y elegir una conducta creativa en lugar de la automática para responder a los requerimientos diarios. ¿Es necesario tener siempre razón? ¿Y si no me enojo? Si yo me veo a mí mismo y confío en mis actos, ¿es tan importante que el otro me reconozca? Ser honesto ¿es lo mismo que confesarse al otro? ¿Tengo derecho a mi privacidad? Si, por supuesto. Pero además de ser cuidadoso conmigo, tengo la obligación de serlo con los demás.
Estas y otras preguntas o reflexiones nos están mostrando la necesidad de tomar las riendas de nuestra propia vida, en lugar de colgarnos de lo que otras personas decidan. Dejar de ser adolescentes que buscan satisfacciones parciales a escondidas, y animarnos a ser dichosos frente al mundo. Significa que nos respetemos y respetemos también el derecho a la privacidad de los demás. Que comencemos a entrar en nosotros mismos y escuchar nuestra verdadera necesidad. Que comprendamos que no hay seres humanos perfectos y nosotros los únicos imperfectos. Todos cometemos errores, y muchos. Los más perfectitos son los que esconden mejor, no los que son mejores. La ilusión nos hace ver a los demás bajo un velo mágico y le proyectamos nuestros sueños inalcanzables por eso parecen “ideales”, pero no lo son. Cada persona creció, se educó y vive en este mismo mundo que nosotros, y fue víctima de los mismos engaños e hipocresías de una sociedad mentirosa. Desde ese lugar de reconocimiento de lo real, podremos empezar a construir. Solo así.
La Humanidad atraviesa un momento crucial, existe un movimiento resistencial del viejo paradigma que se opone a perder sus baluartes. Pero también se está manifestando una fuerza nueva y pujante que nos invita a DECIR BASTA. O nos hacemos cargo de nuestra vida o no podremos, ni siquiera, seguir quejándonos… Inés Olivero 25.6.2011